Uno (es decir yo) llega allí, y se acaba por preguntar por el sentido de todas las cosas que puede hacer y tener. Ve a gente pedir para comer, ve a niños cargando bebés pidiendo dinero y haciéndolos llorar para que se te encoja más el corazón, y lo consiguen ciertamente, los ve pelearse entre ellos cuando otro se acerca a pedir a la misma persona, no vaya a ser que el turista al que le ha tocado le dé al segundo y no al primero. Los ves dándose codazos entre ellos cuando ven a alguien susceptible de pedirle dinero, esto es a cualquier extranjero “blanquito” que esté en la zona. Es duro, vivirlo y explicarlo así, pero es así. Te das cuenta, porque lo ves, lo has leído y te has informado, de que muchos forman parte de “grupos” (léase mafias), que alquilan a bebés para dar más “pena”, los alquilan a las familias más pobres que viven en las afueras de esta gigantesca ciudad, cuanto más pequeños y llorones más se “cotizan”. Es duro, pero es verdad. Puedes leer, escuchar y enterarte de mil historias como esta o muchísimo peores que no voy a escribir aquí.
Hay momentos puntuales en los que se te encoje el corazón, te escuecen los ojos y parpadeas mil veces hasta que, algunas veces, consigues no llorar. Insisto, estoy hablando de mí y de mis sensaciones. Otras veces, te da pena pero lo mantienes alejado de ti para poder seguir andando.
Te das cuenta de que al cabo de unos días te “acostumbras” a ver todo esto, gente en la calle durmiendo, pidiendo o vendiendo lo que sea, y el sentir que me voy acostumbrando me hierve bajo la piel. No se va, algo sigue pasando.
Un día, siguiendo los cánticos y sonidos de un templo, muy semejantes a nuestro flamenco, pero muy distinto a la vez y justamente por eso hechizante, nos paramos delante de una ventana de un templo para ver lo que estaban haciendo, tratando de no inmiscuirnos en su ritual, algo que me da mucho respeto. Al bajar la vista, a mis pies vi a un niño, precioso, oscuro de ojos gigantes, no me había dado cuenta de que estaba allí, no lo había visto, pues la calle empezaba a estar un poco oscura. Me sorprendí y me quede mirándolo, muy seria (no sé muy bien por qué), estaba solo, comiendo unas lentejas trituradas sobre un trozo de papel de periódico, las manos sucias, descalzo, tan solo llevaba una camiseta, me dio mucha pena, el que supongo que era su padre estaba al otro lado de la acera con dos pequeños más comiendo lo mismo. Volví a mirarlo, me estaba sintiendo muy triste, pero era muy guapo y le sonreí, por pena lo reconozco, y entonces paró de comer, se “limpió” la boca con el puño y mirándome fijamente me sonrió, mostrando una hilera de dientecitos blancos y con esos ojazos. Esa sonrisa, que iba de oreja a oreja, apagó todo lo que había alrededor, luego el niño volvió a su comida y se olvidó de mí, y otra vez fui consciente de lo que me rodeaba. Al momento, tuve que ponerme a andar, pues no tenía muchas ganas de que me vieran llorando. Al cabo de poco se me pasó, seguramente vería otra cosa que me llamaría la atención.
De entre los muchos recuerdos que tengo de este viaje, me acuerdo mucho de ese niño, y no dejo de repasar una y otra vez mi reacción. No acabo de entenderla.
Las fotos son parte de lo que me encontré a mi paso, pero no reflejan para nada como lo vi, tampoco se por qué.
(pido disculpas por el rollito místico de la historia)
3 comments:
Otro día en la playa, estaba tumbada leyendo mi ebook (ligero, pequeño, perfecto para viajar) cuando me di cuenta que detrás de mí, pegados a mi cabeza había un grupo de 15 personas mirando con curiosidad ese trasto raro que parecía un ordenador pero no lo era. Nadie hablaba, sólo miraban. Otro niño, este de unos 13 años, me preguntó qué era eso, y se sorprendió de que solo sirviera para leer, ¿¿¿de verdad que no tiene juegos??? preguntó unas 5 veces. Luego con sus dos hermanos estuvo haciendo dibujos en la arena, y contándome que iba a la escuela (cosa que me sorprendió, pues por su aspecto y lo sucio que iba más bien parecía que vivía en la calle) y que tenía un profesor de inglés. Estuvieron jugando enterrándose en la arena, comiéndose un helado (sí, llevaba dinero para comprar uno a cada uno de los hermanos) y haciendo pompas de jabón hasta que se cansaron y se fueron.
P.S. Edmund, el título te es familiar, no? jem... Gracies! :)
Me suena, me suena... Sí. :D (Jejeje). El título se debe al contenido, sin el cual, pienso, no es nada. Lo categoriza y significa.
De res!
Me ha gustado la entrada y las fotos. Gràcies a tu per les fotos.
Una entrada muy bonita y muy emotiva.
Bicossss
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